Ayer, en Fitero, volvió a resonar
una melodía que no solo es música: es identidad, historia y emoción compartida.
Celebrar el Día de Navarra siempre es especial, pero hacerlo escuchando
nuevamente el Himno de Navarra en nuestro pueblo le da un sentido aún
más profundo.
Porque no se trata solo de
recordar una fecha; se trata de reconocer quiénes somos, de mirar a nuestros
mayores, de ver a nuestros jóvenes y entender que todos formamos parte de una
historia que nos sostiene y nos proyecta hacia el futuro.
Navarra sigue siendo un lugar donde la tradición es un ancla y, a la vez, un
impulso. Y en Fitero, ese equilibrio se vive con naturalidad: respetamos lo que
hemos heredado y construimos cada día lo que queremos ser.
El acto de ayer tuvo algo de reencuentro. Volver a dejar
sonar el Himno —con solemnidad, con orgullo, con ese respeto silencioso— fue
casi un gesto de afirmación colectiva. Era como decir: seguimos aquí,
seguimos siendo quienes somos.
Y quizás, también, como recordar que la identidad no se
improvisa; se cuida, se cultiva y se celebra.

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