Tal vez seguiríamos caminando, cumpliendo rutinas, tachando días del calendario… pero algo esencial nos faltaría. Porque la Navidad no es solo una fecha ni un paréntesis en el año: es un tiempo que nos devuelve a lo importante, a lo que sostiene nuestra vida cuando el resto parece accesorio.
La Navidad es, ante todo, tiempo de agradecimiento. Nos invita a detenernos y mirar atrás con honestidad. A reconocer lo recibido, incluso aquello que no fue fácil pero nos hizo crecer. A dar gracias por la vida, por las personas que siguen a nuestro lado y también por las que dejaron huella. En un mundo acostumbrado a exigir y a reclamar, la Navidad nos educa en la gratitud, esa actitud silenciosa que nos reconcilia con lo que somos y con lo que tenemos.
La Navidad es también tiempo de familia. De mesas compartidas, de conversaciones que se alargan, de reencuentros esperados y de ausencias que duelen. Familia es sangre, pero también elección; es pasado común y presente compartido. En estos días comprendemos que no somos individuos aislados, sino parte de una historia más grande que nos precede y nos trasciende. La Navidad nos recuerda que necesitamos al otro para ser plenamente nosotros.
No podemos imaginar la Navidad sin las tradiciones. Esos gestos que se repiten año tras año y que, precisamente por repetirse, adquieren un valor profundo. Tradiciones sencillas: un belén, una canción, una receta, una visita, una misa, una hoguera, una costumbre de nuestro pueblo. Son raíces. Nos anclan a una identidad compartida y nos dicen de dónde venimos. Sin ellas, perderíamos el hilo invisible que une generaciones y da continuidad a nuestra comunidad.
Y la Navidad es, inevitablemente, tiempo de recuerdo. Recordamos a quienes ya no están, a quienes nos enseñaron a celebrar, a creer, a esperar. El recuerdo no es nostalgia estéril; es memoria agradecida. En la Navidad aprendemos que el amor no desaparece con la ausencia, que sigue vivo en lo que somos y en lo que transmitimos.

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