¿Qué sería de nosotros sin la Navidad?


Tal vez seguiríamos caminando, cumpliendo rutinas, tachando días del calendario… pero algo esencial nos faltaría. Porque la Navidad no es solo una fecha ni un paréntesis en el año: es un tiempo que nos devuelve a lo importante, a lo que sostiene nuestra vida cuando el resto parece accesorio.

La Navidad es, ante todo, tiempo de agradecimiento. Nos invita a detenernos y mirar atrás con honestidad. A reconocer lo recibido, incluso aquello que no fue fácil pero nos hizo crecer. A dar gracias por la vida, por las personas que siguen a nuestro lado y también por las que dejaron huella. En un mundo acostumbrado a exigir y a reclamar, la Navidad nos educa en la gratitud, esa actitud silenciosa que nos reconcilia con lo que somos y con lo que tenemos.

La Navidad es también tiempo de familia. De mesas compartidas, de conversaciones que se alargan, de reencuentros esperados y de ausencias que duelen. Familia es sangre, pero también elección; es pasado común y presente compartido. En estos días comprendemos que no somos individuos aislados, sino parte de una historia más grande que nos precede y nos trasciende. La Navidad nos recuerda que necesitamos al otro para ser plenamente nosotros.

No podemos imaginar la Navidad sin las tradiciones. Esos gestos que se repiten año tras año y que, precisamente por repetirse, adquieren un valor profundo. Tradiciones sencillas: un belén, una canción, una receta, una visita, una misa, una hoguera, una costumbre de nuestro pueblo. Son raíces. Nos anclan a una identidad compartida y nos dicen de dónde venimos. Sin ellas, perderíamos el hilo invisible que une generaciones y da continuidad a nuestra comunidad.

Y la Navidad es, inevitablemente, tiempo de recuerdo. Recordamos a quienes ya no están, a quienes nos enseñaron a celebrar, a creer, a esperar. El recuerdo no es nostalgia estéril; es memoria agradecida. En la Navidad aprendemos que el amor no desaparece con la ausencia, que sigue vivo en lo que somos y en lo que transmitimos.

¿Qué sería de nosotros sin la Navidad?
Quizá un poco más pobres por dentro. Menos conscientes de lo esencial. Más solos. Por eso cuidarla, vivirla y transmitirla no es un gesto del pasado, sino un compromiso con el futuro. Porque mientras haya Navidad, habrá esperanza y sentido.

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