Recrear las páginas más bellas y humildes de la historia de Fitero



Los pueblos no solo se sostienen sobre calles. Se sostienen, sobre todo, sobre relatos compartidos, sobre una memoria que da sentido a lo que somos y orienta lo que queremos ser. Cuando un pueblo pierde su memoria, no se vuelve moderno: se vuelve frágil.

Hay páginas bellas, gestos de humilde dignidad, que no pueden quedar relegadas al olvido o al polvo de los archivos. Rescatarlas no es un ejercicio romántico; es una obligación moral.

Porque esas páginas no hablan solo del pasado: hablan de nosotros. Hablan de mujeres y hombres que, con menos recursos que los nuestros, supieron cuidar la tierra, ayudarse, celebrar juntos, resistir la adversidad y transmitir valores sin necesidad de discursos grandilocuentes. Recrear esas páginas no significa copiarlas literalmente, sino releerlas a la luz del presente, dejar que nos interpelen y nos enseñen.

Un pueblo que recuerda los momentos más humildes de su historia aprende que ya fue capaz de hacer cosas grandes desde la sencillez. Aprende que la identidad no se impone ni se inventa: se hereda, se cuida y se renueva.

Ayer, por segundo año consecutivo, Fitero volvió a dar vida a una de esas páginas hermosas de su historia: la ofrenda de los pastores que, en la Nochebuena, bajaban desde los campos y los corrales hasta el pueblo para asistir a la Misa del Gallo y preparaban, para todos los asistentes, migas de pastor. No fue una simple recreación folclórica, sino un gesto cargado de memoria y significado, que nos recordó un tiempo en el que el trabajo duro y la fe caminaban juntos, incluso en la noche más fría del año. Al revivir aquel descenso humilde y silencioso, Fitero no miró al pasado con nostalgia, sino con gratitud, reconociendo que en esos gestos sencillos late una identidad que merece ser cuidada y transmitida.

Así lo narró el erudito local Manuel García Sesma: narró García Sesma: “los pastores locales bailaban en la Nochebuena, delante del Niño Dios, al son de zambombas y panderos, y se cenaban, en su presencia, una gran sartén de migas. Las freían previamente (…), a continuación, entraban con ellas en el templo, colocándose (…) delante del Nacimiento. Cuando llegaba el ofertorio, el celebrante bendecía las migas, hacía ofrenda de ellas al Niño Jesús, en compañía de los pastores, y éstos finalmente se las engullían, en medio de un regocijo ingenuo y honesto…”

Rescatar las páginas bellas de nuestra historia, y más las humildes, no es quedarnos anclados en el ayer. Es construir futuro con raíces. Es ofrecer a quienes llegan —y a quienes están— un relato que dé sentido. Un pueblo que sabe de dónde viene está mejor preparado para decidir hacia dónde va.

¡Feliz Navidad!



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