La Navidad siempre ha tenido un sello propio en cada lugar. También en Fitero. Un modo particular de celebrarla, de cantar letrillas populares, de recordar cada año a la burra “del Purisma”; de escuchar al grupo que entona villancicos ante el Belén municipal después del tradicional Rosario por las naves de nuestra majestuosa iglesia; de vivir la misa de gallo a la que, en Fitero, algunos caballeros acudían con sus capas españolas. El belén, que sigue siendo colocado con mimo por la APYMA de Fitero; la novenica del Niño; los niños emocionados esperando la llegada de los Reyes Magos como el gran momento del año.
Cada gesto que repetimos en Navidad tiene detrás una historia, un legado y una intención. Nuestros mayores vivían estas fechas con profundidad: no era solo una época de consumo, era un tiempo de familia, de reconciliación, de contar historias junto al fuego, de sentir que pertenecíamos a algo más grande.
Vivir sus tradiciones es también recordarlos y escucharlos, dar espacio a su voz, dejar que la memoria se haga presente. Es enseñar a los niños por qué hacemos las cosas: por qué ponemos un belén, por qué suenan ciertos cantos, por qué se reúne el pueblo entero para esperar a los Reyes.
Hoy, bajo la apariencia de fiestas “globales”, se nos cuelan costumbres que poco tienen que ver con nuestra Navidad o que la vacían de su significado. Muchas veces llegan envueltas en ofertas comerciales, campañas publicitarias o modas importadas que sustituyen, poco a poco, lo nuestro. No se trata de cerrarnos al mundo, sino de discernir: no todo lo que brilla es tradición.
La Navidad —la nuestra— tiene contenido, tiene historia y tiene alma. Defenderla no es excluir nada; es proteger aquello que nos hace únicos como pueblo.
Cuando recuperamos nuestras tradiciones, recuperamos la manera en la que nuestros padres y abuelos entendían la vida: con cercanía, con sentimiento de pertenencia a una comunidad. Recuperarlas no es volver atrás; es recordar quiénes somos para mirar hacia adelante con raíces firmes.
“los pastores locales bailaban en la Nochebuena, delante del Niño Dios, al son de zambombas y panderos, y se cenaban, en su presencia, una gran sartén de migas. Las freían previamente (…), a continuación, entraban con ellas en el templo, colocándose (…) delante del Nacimiento. Cuando llegaba el ofertorio, el celebrante bendecía las migas, hacía ofrenda de ellas al Niño Jesús, en compañía de los pastores, y éstos finalmente se las engullían, en medio de un regocijo ingenuo y honesto…”
Un gesto sencillo, lleno de significado, que nos recuerda que la Navidad nace de la autenticidad: de compartir lo que tenemos y de celebrar juntos aquello que nos une.
Recuperar estas pequeñas tradiciones no es solo preservar el pasado, sino abrir un futuro más humano, más cercano y más nuestro.



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