El pasado mes de noviembre publicábamos, en este mismo blog, un artículo titulado “Esta Renta Básica no funciona”. En él afirmábamos, sin rodeos, que la Renta Básica Garantizada se había convertido en demasiados casos en un refugio permanente, perdiendo su valor moral y social. Decíamos también que el Gobierno de Navarra estaba permitiendo que una política nacida de la solidaridad terminara fomentando la dependencia y, en algunos casos, erosionando la cultura del trabajo.
Pues bien. La reciente destitución, esta misma semana, de la directora general de Protección Social por parte de la presidenta del Gobierno de Navarra no es un gesto menor. Se justifica en la necesidad de “reorientar” la Renta Básica Garantizada y vincularla de forma más clara al empleo. Dicho así, casi parece una revelación. Sin embargo, para quienes llevan años pisando el terreno, escuchando a vecinos, a empleadores, a trabajadores sociales y a responsables municipales de pequeños pueblos, no hay nada nuevo en ese diagnóstico. Lo verdaderamente novedoso es que, por fin, se verbalice desde Pamplona lo que abajo lleva tiempo siendo un clamor casi unánime.
Desde hace años se viene advirtiendo de que la Renta Básica, tal y como se ha gestionado en Navarra, ha generado efectos no deseados. No lo dicen solo las percepciones: lo reflejan las estadísticas y la experiencia cotidiana. No ocurre en todos los casos ni afecta a todas las personas, pero sí de manera suficientemente significativa como para provocar un malestar social creciente, incómodo y cada vez más difícil de ocultar.
Cuestionar esta realidad no es atacar a los más vulnerables, como algunos se empeñan en caricaturizar. Es justamente lo contrario. Defender que la Renta Básica esté orientada al empleo es defender la dignidad de las personas. El trabajo no es únicamente una fuente de ingresos: es un proyecto vital, un espacio de responsabilidad, de pertenencia y de sentido.
El problema es que Navarra ha tardado demasiado en reconocerlo. Mientras tanto, se ha consolidado un discurso buenista que ha ignorado la realidad de los pueblos, especialmente en la Ribera de Navarra. Porque no es lo mismo diseñar políticas desde un despacho en Pamplona que aplicarlas en un municipio de algo más de 2.000 habitantes.
Por eso, la gran pregunta no es si hay que reorientar la Renta Básica hacia el empleo. Eso ya lo sabemos desde hace tiempo. La verdadera cuestión es si esta destitución y este cambio de discurso responden a una voluntad real de transformar el modelo o si son, simplemente, una maniobra para calmar el creciente descontento social. ¿Habrá cambios profundos en los criterios, en los controles y en los itinerarios de inserción laboral? ¿Se escuchará de verdad a quienes conocen el territorio o se seguirá imponiendo una visión ideológica desconectada de la realidad cotidiana?
Navarra no necesita brindis al sol. Necesita valentía política y no pseudo políticas progresistas que no lo son, sino que son disfraces. Disfraces que, bajo un lenguaje amable y bienintencionado, han terminado generando dependencia, frustración y fractura social. Reconocer ahora el problema no basta si no va acompañado de una revisión profunda del modelo, de cambios reales en los criterios, en los controles y en los itinerarios de acceso al empleo. Navarra necesita políticas sociales que no que anestesien; que acompañen hacia la autonomía, no que cronifiquen la exclusión. Todo lo demás será simple maquillaje político para salir del paso, mientras el malestar social sigue creciendo en silencio.

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