Pero la organización y el Ayuntamiento de Fitero decidieron esperar. Se contactó con el 112, se consultaron las previsiones meteorológicas y se siguió minuto a minuto la evolución de la tormenta. Con prudencia, pero también con la voluntad de no renunciar a la celebración del quinto aniversario de «Al Fresco, el festival de mi pueblo», se decidió aguantar.
Y salió adelante.
El inicio tuvo que retrasarse aproximadamente una hora sobre el horario previsto, pero finalmente las luces se encendieron, Los Mojinos Escozíos subieron al escenario y Fitero pudo vivir una noche que, después de todo lo ocurrido durante la tarde, tuvo todavía más sabor a victoria.
Porque Los Mojinos son eso: irreverencia, humor, provocación y fiesta
Pero además de lo que ocurrió sobre el escenario, hubo una intrahistoria que no vio el público y que también merece ser contada.
La de una banda que, lejos de los focos, mostró una enorme cercanía con quienes se acercaron a saludarles. Fotografías, conversaciones, bromas y ese gesto de detenerse con quienes querían llevarse un recuerdo. Pequeños momentos que no forman parte del espectáculo, pero que dicen mucho de quienes están encima del escenario.
Y hubo una imagen especialmente singular: el teclista de la banda sentado ante el majestuoso órgano barroco del Monasterio de Fitero y tocándolo.
La escena parecía escrita para esa noche: un músico de una de las bandas más irreverentes del panorama nacional interpretando un instrumento histórico dentro de uno de los grandes espacios patrimoniales de Fitero.
La ocurrencia no pasó desapercibida. El propio «delantero centro» de la banda, fiel a su particular sentido del humor, quiso agradecer públicamente aquel momento durante el espectáculo, arrancando una nueva ovación del público.
Los Mojinos fueron irreverentes, gamberros y absolutamente fieles a sí mismos sobre el escenario. Pero fuera de él demostraron también cercanía, espontaneidad y curiosidad por el lugar que les acogía.
Fitero les ofreció un escenario. Pero también les ofreció un monasterio, un órgano barroco y una historia.
Y ellos dejaron a cambio una noche para recordar.
Después de todo, quizá la irreverencia también sea esto: mirar a una tormenta, esperar a que pase y salir a tocar.
Y ante eso, sí. Hay que quitarse el sombrero.


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