Hay momentos en la vida de un pueblo que no necesitan
explicación. Cuando llegan, parece que todo vuelve a ocupar su lugar. Basta un
cohete, apenas la explosión de unos gramos de pólvora, para que la gente se
abrace, las calles se llenen de emoción y comience «el Bolo».
Eso tienen las fiestas de los pueblos: que cada uno
custodia, como un verdadero tesoro, sus ritos y esas tradiciones que,
generación tras generación, hemos aprendido a querer. Costumbres que quizá para
quien viene de fuera puedan parecer sencillas, pero que para quienes las hemos
vivido desde niños contienen una parte de nuestra historia y de aquello que nos
hace sentir que pertenecemos a un lugar.
Porque las fiestas no son un puñado de días con actos
amontonados. Son memoria, encuentro, emoción, infancia, familia, amigos y
también ausencias dolorosas. Son todo aquello que hemos vivido y que, durante
unos días, vuelve a encontrarse en nuestras calles.
Durante el año vivimos deprisa: obligaciones,
preocupaciones, problemas y también pequeñas alegrías. Los meses pasan sin
darnos cuenta y, de repente, llegan estos días que nos regalan la oportunidad
de parar y volver a encontrarnos. Con los demás, pero también con nosotros
mismos, con nuestra historia personal, con quienes fuimos y con tantos
recuerdos que forman parte de lo que somos. Hay quienes viven lejos de Fitero,
pero hay sonidos, olores y lugares que permanecen en nosotros para siempre. Y
cuando llega septiembre, todo eso vuelve.
Este año tendré el honor de lanzar el primer cohete de
fiestas. Y confieso que lo viviré con una emoción especial, por muchos motivos.
Porque lanzar el cohete no es simplemente encender una mecha. Durante unos
segundos, uno tiene delante a todo un pueblo y detrás a quienes verdaderamente
te acompañan en el camino: la familia y esos compañeros de fatigas con los que
compartes cada día: María, José, Esther, Ana, Iván, Pili y Manolo. Personas que
están. Que sostienen. Que acompañan. Que comparten contigo los momentos buenos,
pero también aquellos que no lo son tanto. Personas con las que, durante estos
años, he tenido la suerte de compartir mucho más que una responsabilidad.
Me gustaría que estas fiestas fuesen un tiempo para
nosotros y también para quienes nos visiten: para encontrarnos, abrazarnos y
reírnos; para bailar, para cantar y, sobre todo, para disfrutar. Para que los
niños descubran un pueblo que brilla de blanco y rojo, los jóvenes bailen hasta
que el cuerpo aguante y las familias y los amigos vuelvan a reunirse en
cualquier rincón de Fitero.
Porque cada uno vive las fiestas a su manera, pero todos
encontramos en ellas un lugar para volver a sentirnos parte de algo.
Como cada año, cuando vea a la Virgen de la Barda cruzar
el umbral de su casa, me acordaré de quienes no están. Recordaré esas sillas
vacías, esos rostros que, al menos para mí, vuelven ante la imagen de nuestra
patrona. Cada año hay alguna nueva ausencia. Porque hay personas que se van,
pero que siguen estando: en una mirada, en una conversación, en un recuerdo
efímero que, de repente, estremece el cuerpo. Aunque nunca vuelvan.
Y quizá sea también eso lo que tienen nuestras fiestas:
la capacidad de hacer que, por un instante, volvamos a encontrarnos con quienes
echamos de menos.
Y, tras nueve días, las fiestas pasarán. Llegará el
último cohete, la música dejará de sonar y nuestras calles volverán poco a poco
a la normalidad. Guardaremos el pañuelo y llegará ese momento extraño en el que
uno siente que, a pesar del agotamiento, todo ha pasado demasiado deprisa.
Pero quedará lo importante: la sensación de haber estado,
una vez más, en nuestro hogar. En Fitero.
Os prometo que, cuando llegue el momento de lanzar el
cohete, intentaré detenerme un segundo. Mirar a Fitero. Mirar a su gente. Y
recordar que detrás de ese cohete no está solamente el comienzo de unas
fiestas, sino siglos de historia, generaciones enteras, familias, personas que
estuvieron antes, quienes estamos ahora y quienes vendrán después. Y que, en
esa plaza, habrá cientos de historias personales: vidas distintas, alegrías,
preocupaciones, recuerdos, ausencias, reencuentros y sueños. Cada uno llegará
al cohete con su propia historia, pero durante unos segundos todos
compartiremos la misma emoción.
Disfrutad a rabiar. Que para eso son las fiestas: para
vivirlas, para compartirlas, para reírnos, para abrazarnos y para seguir
sintiendo que Fitero es nuestro hogar.
¡Viva la Virgen de la Barda y viva Fitero!
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