Hay gestos que no necesitan público para ser importantes. Ni música, ni aplausos, ni grandes ceremonias. A veces basta el silencio y un pequeño grupo de personas reunidas para hacer algo que, por sencillo, resulta profundamente emocionante.
Ayer, apenas una treintena de personas acompañaron el traslado de la Virgen de la Barda hasta el altar Mayor de la iglesia de Fitero. Era el comienzo de un tiempo especial. Hoy comienza su novena y, con ella, se abre oficialmente el camino hacia las fiestas.
Antes del traslado hubo oraciones, presididas por el párroco, don Fermín Macías, y un pequeño sorteo. Porque llevar a la Virgen en brazos hasta el altar no es solamente una tarea: es un privilegio que se vive con emoción y respeto. Las agraciadas fueron Conchita Yanguas, Mari Carmen Yanguas, Isabel Rupérez y Encarna Ullate. Esta última, generosamente, cedió su lugar a Barda Melero, que pudo así compartir ese momento tan especial.
Las cuatro mujeres tomaron a la Virgen y comenzaron el corto recorrido hacia el altar Mayor. Un trayecto de apenas unos metros, pero cargado de significado. La imagen, que durante buena parte del año permanece en su lugar habitual, volvía a ocupar el centro del templo para presidir los días que están por venir.
Todo sucedió sin estridencias. Sin necesidad de explicar demasiado. Porque quienes estaban allí sabían lo que aquel momento significaba.
Eran solamente unas treinta personas, pero representaban mucho más que un número. Representaban la memoria de quienes han vivido esta tradición durante generaciones, la devoción de quienes siguen encontrando en la Virgen de la Barda un lugar al que volver y también la continuidad de una costumbre que forma parte de la identidad de Fitero.
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