Todavía no ha sonado el cohete, pero en la Residencia San Raimundo de Fitero las fiestas ya han comenzado.
Los mayores de la residencia han sido este mediodía los primeros en lucir el tradicional pañuelo de fiestas. A las 12:30 horas, varios miembros de la Corporación municipal se han desplazado hasta la residencia para protagonizar uno de los momentos más entrañables de esta víspera: la imposición de pañuelos a los residentes y trabajadores del centro.
El acto ha contado, además, con el acompañamiento de la Escuela de Jotas de Fitero, que ha puesto música y tradición a un acto en el que los protagonistas han sido, sin duda, los mayores.
Uno a uno, los residentes han recibido su pañuelo, convirtiéndose oficialmente en los primeros fiteranos en vestir uno de los símbolos más reconocibles de las fiestas. Un gesto sencillo, pero cargado de significado, especialmente para quienes han vivido tantas fiestas y forman parte de la memoria de un pueblo que mañana volverá a vestirse de blanco y rojo.
La residencia ha querido así adelantarse unas horas al comienzo oficial de las fiestas y compartir con sus mayores la llegada de los días grandes de Fitero.
Antes del cohete, antes del blanco y el rojo en las calles, el primer pañuelo ya estaba puesto.
La imagen de hoy también permite hacer una lectura más amplia sobre la evolución de la Residencia San Raimundo.
Hubo un tiempo en el que la residencia necesitaba importantes aportaciones económicas para poder mantener su actividad. Hoy, la situación es muy diferente. La residencia ha conseguido alcanzar un escenario de autofinanciación, al tiempo que ha ido ampliando y consolidando los servicios que presta.
Una evolución que no se limita a las cuentas. El modelo actual incorpora plazas cofinanciadas y servicios también cofinanciados, entre ellos el comedor social, la atención diurna y diferentes recursos vinculados a la dependencia.
El resultado es una residencia que no solo atiende a sus residentes, sino que se ha convertido en un recurso social para el conjunto de Fitero y su entorno.
La transformación tiene una lectura evidente: mantener una residencia de mayores no consiste únicamente en garantizar que sus puertas permanezcan abiertas. Consiste en hacer posible que sea económicamente sostenible, que mejore sus servicios y que pueda responder a las nuevas necesidades de una población cada vez más envejecida.
Y desde una perspectiva, quizá el dato más relevante sea precisamente ese cambio de escenario: una residencia que hace unos años necesitaba miles de euros para subsistir y que hoy es capaz de sostenerse económicamente mientras amplía sus servicios y su función social.
Esta mañana, sin embargo, nada de eso estaba en primer plano.
Estaban los mayores. Sus sonrisas. Sus pañuelos rojos. Las jotas.
Y la certeza de que, antes de que Fitero empiece oficialmente sus fiestas, ellos ya habían comenzado a celebrarlas.

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